de:
Alejandro Tello Peñalva
Alejandro Tello Peñalva
Atilano era un padre de familia que siempre comía con el telediario, su mujer en cambio no podía verlo mientras comía porque decía que le sentaba mal la comida después de ver aquel catálogo de desgracias a cual más terrible. Atilano siempre le decía que no mirara y ella le replicaba que no podía cerrar los ojos ni mirar para otro lado pues tenía la televisión enfrente. Además estaba el problema del sonido. Ella le decía que era fácil cerrar los ojos o mirar para otro lado pero imposible dejar de oír aquella letanía de desastres, masacres, injusticias, caos, violencia y muerte y toda la ración que a diario y a la misma hora escupía la pantalla a la cara. Ella siempre amenazaba con coger a los hijos, un chico de dieciséis y una chica de catorce, e irse a comer a la cocina y él siempre respondía con un encogimiento de hombros sin apartar la vista de la pantalla como si estuviera hipnotizado por ella.
Un día viendo el telediario, mientras hundía una rebanada de pan en la sartén de las gachas, vio a Emilio Botín hablando ante la junta general de accionistas de su banco. En ese momento le llamó poderosamente la atención la forma en que levantaba la mirada del atril y, mirando sin ver como los ciegos, la elevaba hacía el auditorio y después la volvía a dejar caer sobre los papeles del atril. En ese momento su cerebro sufrió una especie de cortocircuito y con una nitidez increíble se le vino a la memoria la mirada del gorrino de San Antón que vio frente a la puerta de su casa cuando tenía diez años. Es él, dijo soltando de golpe el pan y la navaja con que lo cortaba. Su mujer y sus hijos se le quedaron mirando asustados mientras Atilano señalaba la pantalla con el dedo abriendo mucho la boca sin poder articular palabra. La mujer pensó que se trataba de un infarto. Qué te pasa, le preguntó casi llorando. Y Atilano, con la voz tomada por la emoción, dijo que aquellos ojillos y sobre todo aquella mirada era la misma mirada del gorrino de San Antón que una tarde se acercó a la puerta de su casa donde su madre le vació en el suelo una cacerolilla con mondas de patata, cozcurros de pan y las sobras del mojete del mediodía. La mujer se tranquilizó al ver que su marido recuperaba el resuello y le ofreció un vaso de agua. Atilano apartó el vaso de agua, cogió el porrón, enfiló el chorrillo hacía su boca con la precisión que le caracterizaba y lo mantuvo durante más de medio minuto.
Al terminar de comer, los hijos le preguntaron que qué era eso del gorrino de San Antón y Atilano, limpiándose la boca y la barbilla con el dorso de la mano, les contó que hace ya muchos años existió en el pueblo una tradición que consistía en que alguien donaba un gorrinillo a la parroquia y el cura lo aceptaba como acepta cualquier donación porque los curas, otra cosa no, pero son gente muy agradecida. La tradición mandaba que el animal, una vez convenientemente cebado, sería rifado entre los habitantes del pueblo y los beneficios de la venta de las papeletas serían para la parroquia. Pero había un problema que había que solucionar y es que el gorrino todavía era muy pequeño y aún tenía que crecer y engordar mucho para estar de matanza y poder rifarse. Porque nadie iba a comprar papeletas para un gorrinillo poco mayor que un conejo. Entonces la parroquia, para solucionar este problema soltaba al gorrinejo por las calles del pueblo para que fueran los vecinos quienes lo alimentaran y cebaran convenientemente. El animal merodeaba durante meses por las calles del pueblo parándose en todas las puertas, sobre todo en las puertas donde ya le habían dado algo, a ver si el dueño de la casa se daba por aludido y le echaba de comer. El bicho, que también era muy agradecido, comía de todo, trigo, cebada, bellotas, salvado, castañas, sobras de comida, mondas de cualquier cosa y cualquier cosa que fuera comestible. Casi a diario se le veía al bicho crecer porque eran pocos los vecinos que no se solidarizaban aportando cualquier cosa, aunque fuera un cacho de pan duro. Y cuando, a costa de todos los vecinos, aquel esmirriado gorrinillo se transformaba en un animal gordo, lustroso y hermoso como un sol y sus andares ya excitaban el deseo y hacían salivar a los vecinos, la parroquia lo rifaba en un acto celebrado frente a la iglesia.
Y el afortunado e ilusionado ganador se lo llevaba a casa dando un paseo que recordaba la escena final de “El silencio de los corderos” donde Anibal, el caníbal, Lecter sigue tranquilamente a su víctima por la calle, una víctima a la que nombra “su cena”. El resto de los vecinos, después de tirar al suelo las tiras de números no premiados, volvían a casa tristes pensando que este año no había habido suerte pero quizás el próximo año serían los felices ganadores del premio gordo, nunca mejor dicho.
El padre les preguntó si les había gustado la historia y los hijos asintieron con una sonrisa. El padre, que era un adicto a la siesta, dijo que ya estaba bien de charlas y apagó la colilla del cigarro sobre la corteza de melón, se tumbó en la banca arropándose con una áspera manta de caballería, se echó la gorra sobre la cara y cinco minutos después ya roncaba como un bendito.
Y al poco de quedarse durmiendo empezó a soñar. Y soñó que Botín, que había sido criado entre muchas generaciones de habitantes de este país y de otros países a los que también se había arrimado a ver lo que caía, se había convertido en una especie de cerdo colosal que regía los destinos de los hombres junto a otros gorrinazos mutantes que operaban desde su sede mundial llamada “la gran gorrinera”, situada en Wall Street. Aquellos seres desmesurados dominaban el mundo como lo hicieron los dinosaurios y nada ni nadie escapaba a su temible poder. Todos los gobiernos y poderes de la Tierra y no digamos la gente de a pie doblaban la raspa ante ellos.
Pero en los últimos años fue tal la voracidad, la codicia y la agresividad que mostraban aquellas terribles criaturas que si bien siempre habían estado y estaban revolviéndose entre ellos y mordiéndose para disputarse cualquier tajada, cualquier beneficio, ahora su agresividad, su ambición desmedida había llegado tan lejos que habían provocado una crisis de proporciones planetarias e incalculables consecuencias para el género humano.
Y llegó el desastre, la gran crisis, una crisis que todo el mundo veía venir pero nadie y menos que nadie la inútil, aturdida y amodorrada clase política local y mundial hizo nada para evitar. Tampoco la gente, lo que antes se llamaba el pueblo llano, fue capaz de organizarse y hacer frente al abuso y la injusticia que suponía que aquel puñado de bestias apocalípticas acorazadas de tocino y con la cara más dura que el diamante más duro, fueran los dueños y señores de más del ochenta por ciento de la riqueza del planeta mientras más del ochenta por ciento de la humanidad se tenía que conformar con el escaso veinte por ciento restante. La crisis que ellos habían provocado a conciencia con sus malas prácticas, sus robos, fraudes, usuras, triquiñuelas, engaños y especulaciones de todos los modelos y tamaños íbamos a pagarla nosotros, las víctimas. Pero, si lo pensamos bien, nosotros somos los culpables por haber engordado a esos gorrinos hasta hacerlos tan grandes y poderosos que ahora ya no piden de puerta en puerta la voluntad sino que entran directamente en nuestras vidas, en nuestros salarios, en nuestros ahorros, en nuestros sueños, ilusiones y esperanzas y se los zampan de un bocado. Ya se sabía que los banqueros desproporcionadamente cebados, sin un control de su engorde, un sencillo control veterinario por parte de los poderes públicos, eran un peligro, una amenaza que se cernía sobre todos nosotros. Pero nadie ha hecho nada, nadie les ha puesto coto, nadie ha frenado ese escandaloso crecimiento de un treinta o un cuarenta por ciento de sostenidos beneficios anuales durante décadas.
Los banqueros no sólo no han creado más riqueza que la suya propia sino que han perdido totalmente el respeto a aquellos que les hemos engordado, aquellos que les hemos ayudado cada uno con su pequeña aportación a ser lo que son. Sin ir más lejos, el abajo firmante cumplió recientemente con su condena hipotecaria de veinte años y un día.
Si los banqueros, financieros y gentes de mal vivir y peor delinquir, han llegado a dominar y esclavizar al mundo, a llevarlo a esta crisis sin precedentes, ha sido gracias a nosotros, pobres hormiguitas trabajadoras, ingenuas, torpes, cándidas y crédulas. Nosotros somos tan culpables como ellos o más por haberles dejado hacer y deshacer a su antojo, quizás, en el fondo, seamos unos inocentes que nos hemos dejado deslumbrar por su poder sin darnos cuenta que lo que tenían lo habían conseguido gracias a nosotros. Era nuestro.
En ese momento Atilano despertó sobresaltado y aturdido, abrió los ojos y vio a su mujer que le tenía la mano puesta en el hombro para despertarlo. Ya son las cuatro, le dijo. Atilano se levantó y después de lavarse la cara salió a la calle, se subió al tractor y se fue al bar a tomar un café y una copa de sol y sombra. En el bar se encontró con el director de la sucursal del banco donde cumplía condena por dos préstamos. El director fue a saludarle como hacía siempre y Atilano le dio la espalda.
Al llegar a la viña, Atilano, se dio cuenta que no debía haberle hecho ese desplante, ese desprecio a quién había sido su amigo de siempre. Aquel director de banco sólo era un mandado, una pieza del engranaje de la gran maquinaria diseñada por los grandes banqueros. Esos monstruosos gorrinos de San Antón que Atilano nunca llegaría ver excepto en los telediarios y en los periódicos pero cuyos efectos, su tiranía y despotismo, estaba convencido, padecería siempre.
Alejandro Tello Peñalva.

Foto: SINC
En el bar de un pueblo de Cádiz: pasa el raton sobre la imagen para ver el entorno.


